Es una de las cosas que más desconcierta al empezar: abres dos webs, miras la misma empresa y el PER no coincide. A veces por poco, a veces por el doble. No suele ser que una mienta: es que están dividiendo cosas ligeramente distintas.
Un PER es un precio dividido entre un beneficio por acción. Los cuatro sitios donde se tuerce son, precisamente, esos cuatro elementos.
1. La divisa del precio no es la de las cuentas
Una empresa británica puede cotizar en libras y presentar sus cuentas en dólares. Si divides el precio en libras entre el beneficio por acción en dólares, el resultado no significa nada — y sale un número perfectamente creíble, que es lo peligroso.
Hay un caso peor: emisores que cambian la moneda de presentación a mitad de serie. La serie de ventas pega un salto del 60 % el año del cambio, y ese salto no ocurrió en el negocio. Cualquier crecimiento calculado sobre esa serie está mal.
La forma correcta es fijar una divisa para toda la ficha, distinguir la de las cuentas de la de cotización, y convertir con el tipo medio del ejercicio lo que es de periodo (ventas, beneficio) y con el de cierre lo que es de saldo (balance).
2. Los desdoblamientos parten la serie
Cuando una empresa hace un desdoblamiento de cuatro por uno, el precio se divide entre cuatro y el número de acciones se multiplica por cuatro. El valor de la empresa no cambia.
Pero el beneficio por acción de los años anteriores, tal y como se publicó en su día, está calculado con las acciones de entonces. Si mezclas el precio de hoy con el beneficio por acción de hace cinco años sin reexpresar, el PER histórico pega un salto artificial justo el año del desdoblamiento. Se ve enseguida en una gráfica: un escalón perfecto donde no hubo ninguna noticia.
3. El número de acciones tiene trampas
- Las acciones medias ponderadas del ejercicio no son las acciones a cierre, y ninguna de las dos es la que cotiza hoy si ha habido ampliaciones o recompras.
- Muchos emisores publican la cifra en miles, y quien la lea como unidades multiplicará la capitalización por mil.
- En los certificados de depósito (esos vehículos con los que una empresa extranjera cotiza en otro mercado), un título puede representar media acción ordinaria o veinte. Multiplicar el precio del certificado por el número de acciones ordinarias da capitalizaciones absurdas.
4. El ejercicio no acaba en diciembre
Muchas empresas cierran en marzo, junio o septiembre. «El ejercicio 2025» de una japonesa puede terminar el 31 de marzo de 2026. Si dos webs etiquetan ese ejercicio con años distintos —una por el año de inicio y otra por el de cierre—, la misma cifra aparece en filas diferentes y las comparaciones entre empresas se desalinean un año entero.
Y hay un efecto más sutil: a mitad de año, el «último ejercicio» de una empresa puede tener ya ocho meses. Su beneficio se está comparando con el precio de hoy. Por eso existe la columna de últimos doce meses: suma los cuatro trimestres más recientes en lugar de arrastrar un año cerrado hace mucho.
Qué hacer con esto
No hay que desconfiar de los múltiplos, hay que saber de qué están hechos. Tres preguntas bastan para la mayoría de los sustos:
- ¿En qué moneda están el precio y las cuentas?
- ¿Ha habido desdoblamientos o ampliaciones en el periodo que estoy mirando?
- ¿De qué fecha es el beneficio que hay en el denominador?
En esta herramienta cada ficha dice el ejercicio que estás viendo, cuándo cerró, cuándo se publicó y de cuándo es el precio. No por transparencia decorativa: es que sin esos cuatro datos un múltiplo no se puede interpretar.